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CREACIONES DEL 1º CONCURSO LITERARIO
Ali-y-CarmenFecha: Sábado, 2008-11-01, 3:18 PM | Mensaje # 1
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Aquí se publicarán todas las creaciones de los participantes. salute

 
Ali-y-CarmenFecha: Sábado, 2008-11-01, 3:22 PM | Mensaje # 2
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-> Sonata de Brahms, enviado por Carmy, es decir, yo. xD

Sus dedos se deslizaron hábiles por la superficie del piano de cola. Una melodía suave emergía de las teclas, pero a la vez poderosa, una canción repleta de sentimientos.
Antía suspiró, levantó las manos del instrumento y se echó a llorar, desesperada.
No veía justo lo que estaba pasando, nada justo, pero debía controlarse, por imposible que le pareciera. De ello dependía todo. Si no se tranquilizaba, era muy probable que nunca más viera a su hermana.
Inmersa en sus pensamientos, apenas advirtió que alguien acababa de entrar a la habitación hasta que éste se colocó a su lado y le susurró al oído.
- ¿Estás mejor?
Ella asintió, aunque eso no fuese cierto. Nunca se le había dado nada bien mentir, y él lo sabía.
- No puedes engañarme. No estás mejor, de hecho, no estás nada bien. Necesitas descansar...
- No. – interrumpió ella. – Puede que no esté en mi mejor momento, pero sí es oportunidad. Debo descubrir lo que ha pasado. Si no, Elena...
- No te preocupes, la salvaremos, ¿De acuerdo? Confía en mi.
- No puedo más, de verdad... Tengo que hacer algo, no puedo quedarme con los brazos cruzados mientras ella...
De pronto se vio incapaz de continuar hablando, y sin más, se fue de la estancia, ignorando la mirada de preocupación que él le lanzaba.
Necesitaba estar sola. Simplemente eso. Necesitaba recordar todo lo que sucedió.

* * * *

La Guitarra.
Elena era una experta con la guitarra española. Lo tomaba entre sus brazos, la acariciaba como si de su posesión más preciada se tratase (a veces sospechaba que así era) y frotaba con fuerza las seis cuerdas, creando vida con aquellos simples acordes.
Me encantaba sentarme a su lado, las dos juntas en la porche de casa, y aún añoro cómo nos divertíamos jugando a adivinar canciones. Ella me deleitaba con una bonita pieza y yo, oyendo tan sólo las primeras notas, le recitaba de carrerilla el nombre y el grupo. Cuando acertaba, me felicitaba con una sonrisa, y cuando fallaba, acabábamos las dos desternillándonos de la risa por la tontería que acababa de soltar.
La vida de Elena era música. En todos los sentidos.

La Trompeta.
Siempre me han gustado los instrumentos de viento metal. Me parecen melodiosos, capaces de entonar tanto melodías tristes y melancólicas como atrevidas canciones de jazz.
Elena era así. Me recordaba a los aerófonos, en especial a las trompetas, mágicos instrumentos con cambios de personalidad marcados y exagerados...
Pasaba de reír a llorar con una facilidad asombrosa. Nunca supe como lo hacía. Quizás algún día lo averigüe... ¿Quién sabe?

La batería.
Antonio parecía un buen chico. Tocaba la batería en un grupo de rock y llevaba gafas. Le di mi visto bueno desde el primer momento. Ahora sé que no puedes confiar en alguien por muchas sonrisas francas que te dedique y muchos piropos que le eche a su novia, Elena.
Ella también confiaba ciegamente en Antonio. Siempre he pensado que el amor es una especie de venda, que tapa los ojos. Cuando no ves nada, te adentras en un mundo nuevo de posibilidades, te fías de tu instinto, disfrutas al máximo. Aunque, como todo, el amor tiene sus consecuencias.
Y Elena se enamoró de la persona equivocada. En el momento equivocado, como se suele decir.
Lo último que escuchó antes de desmayarse fue el estruendoso sonido de las baquetas estrellándose contra los platillos.

Las Campanas Tubulares.
Cuando regresé ese día del trabajo me encontré la casa revuelta, las piezas de la batería de Antonio tiradas de cualquier manera en el salón y lo que es peor, a mi hermana inconsciente en el sofá, con la boca abierta, como a punto de gritar.
El miedo me paralizó los primeros instantes, pero, gracias a dios conseguí reaccionar a tiempo y, recogiendo el cuerpo (aún con vida) de Elena, me apresuré hacia la parroquia de Don Ambrosio, el primer lugar que se me ocurrió, a decir verdad.
Don Ambrosio es un párroco bastante amigo nuestro, mío y de Elena. Le conocimos hace años, el día de mi primera comunión, y desde entonces siempre ha querido saber por nuestra vida, nuestros estudios – en un principio – y actualmente los estudios de Elena, ya a punto de llegar a su fin, y mi trabajo.
Don Ambrosio no es un cura de los de antes, a la antigua usanza; al contrario, está bastante “modernizado” y tiene ordenador en su casa.
Por ese mismo motivo, su parroquia estuvo en reformas hace muy poco, ya que se empeñó en cambiar las antiguas campanas de bronce por unas tubulares.
Don Ambrosio las golpeó con todas sus fuerzas al enterarse de la noticia mientras mis lágrimas resbalaban por los tubos de metal, oxidándolos poco a poco, al son de mi corazón, que también se estaba marchitando.

El Violín.
Fui a visitarla al hospital nada más la trasladaron a una habitación privada. Al parecer, estaba en coma.
Era consciente de que no podía escucharme, pero le susurraba palabras al oído, palabras de consuelo entrelazadas con estrofas de sus canciones favoritas. Y así me quedaba hasta varias horas. Era mi manera de mostrarle mi apoyo.
Al octavo día, con la garganta seca de cantar, me llevé mi violín. Toco el piano desde los siete años, y el violín desde los diez. Personalmente, prefiero el primero, pero, obviamente, me resultaba imposible transportarlo desde mi casa, por lo que afiné las cuernas, y comencé a producir una melodía lenta y trabajada, que expresaba a la perfección mi estado de ánimo. Después, intenté ponerme en su lugar, y pensé si a Elena le hubiera gustado esa canción, si le hubiese puesto contenta. Y supe que no, por lo que, pensando en ella y en nadie más, comencé a tocar alegres notas, acordes intensos y a componer, con los ojos llenos de lágrimas y legañas – quién sabe si de la emoción, quién sabe si de la tristeza – una locuaz pieza que expresaba perfectamente lo mucho que conocía y estimaba a mi querida hermana.
Ese día me quedé en el hospital hasta las dos de la madrugada. Fueron las enfermeras las que tuvieron que arrastrarme hasta la puerta, y ahí me quedé, bajo la lluvia, toda la noche, tocando esa preciosa canción sin importarme el sueño ni el frío. En mi cabeza, Elena estaba a mi lado, paraguas en mano, resguardándome de cualquier fenómeno meteorológico y de mucho más.

El Piano.
Mis dedos se deslizaron hábiles por la superficie del piano de cola. Una melodía suave emergía de las teclas, pero a la vez poderosa, una canción repleta de sentimientos.
Suspiré, levanté las manos del instrumento y me eché a llorar, desesperada.
No veía justo lo que estaba pasando, nada justo, pero debía controlarme, por imposible que me pareciera. De ello dependía todo. Si no me tranquilizaba, era muy probable que nunca más viera a mi hermana.
Inmersa en mis pensamientos, apenas advertí que alguien acababa de entrar a la habitación hasta que éste se colocó a mi lado y me susurró al oído.
- ¿Estás mejor? – me preguntó Don Ambrosio.
Asentí, aunque eso no fuese cierto. Nunca se me había dado nada bien mentir, y él lo sabía.
- No puedes engañarme. No estás mejor, de hecho, no estás nada bien. Necesitas descansar...
- No. – interrumpí. – Puede que no esté en mi mejor momento, pero sí es oportunidad. Debo descubrir lo que ha pasado. Si no, Elena...
- No te preocupes, la salvaremos, ¿De acuerdo? Confía en mi.
- No puedo más, de verdad... Tengo que hacer algo, no puedo quedarme con los brazos cruzados mientras ella...
De pronto me vi incapaz de continuar hablando, y sin más, me fui de la estancia, ignorando la mirada de preocupación que el párroco me lanzaba.
Necesitaba recordar todo lo que sucedió, y una vez los recuerdos y sensaciones emergieron a flote me di cuenta de que aún ni siquiera sabía lo que Antonio le había hecho a Elena.
Había estado tan ocupada pensando en su salud, que ni se había parado a pensar en que algo le debía haber sucedido.
Tenía que encontrar a Antonio, costase lo que costase.

* * * *

Epílogo: Sonata de Brahms
Llegados a este punto, me gustaría escribir muchas cosas en este simple trozo de papel. Cosas que no son ciertas. Si pudiera, escribiría que encontré al ex-novio de mi hermana, le hice razonar y me lo contó todo. Pero la verdad es que aún sigo buscando... ...sin obtener resultados.
Me gustaría también escribir que Elena quedó recuperada en unos días, pero la verdad es que sigue interna.
Me gustaría escribir muchas cosas, pero no soy quien para hacerlo, no soy quien como para rebajarme a mentir para intentar estar mejor, porque sé que no lo estaría, en absoluto. Y ella no estaría nada orgullosa de mí.
Por lo tanto, tan sólo me dedicaré a contar un hecho cierto, sucedido ayer tarde; lo más bonito que puedo narrar en estos momentos.
Me dedicaba a rebuscar entre los cajones de Elena, buscando algo especial, cualquier cosa, cuando lo encontré. Aparentemente era un viejo fajo de papeles, pero, como dice Don Ambrosio, <<no se descubre lo verdaderamente bello de algo hasta que no se escarba un poco en la capa externa...>>, ya que para mí significaba mucho más.
Se trataba de una partitura, de una pieza para viola y piano, la Sonata de Brahms. Nuestro dúo preferido en cuanto a música clásica se refiere. Recuerdo el día que decidimos interpretarla, y, al no tener a nadie que tocara la viola, la intentamos adaptar a la guitarra.
También recuerdo perfectamente los gritos de los vecinos, abucheándonos, por lo mal que resultó salir nuestro plan.
Esbocé una sonrisa de satisfacción al comprobar que las correcciones para nuestra “adaptación casera” estaban allí. Y decidida, me senté en la banqueta del piano y comencé a tocar mi parte del dueto, dispuesta a seguir adelante, porque, en el fondo sabía que, pasara lo que pasara, siempre nos quedaría un recuerdo de Elena. La huella de su música.

FIN


 
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